¿Por qué un buen equipo de decisores y ejecutores evita bloqueos y conflictos en la empresa familiar? Marco práctico, roles y checklist.
En una empresa familiar, los retos raramente vienen por falta de visión o de esfuerzo. Lo habitual es otra cosa: la complejidad crece más rápido que el sistema de decisión y ejecución.
Durante años, la informalidad funciona: se decide en conversaciones rápidas, se ejecuta “por confianza”, y el negocio avanza. El problema llega cuando aumenta el tamaño, entran nuevas generaciones, aparecen ramas familiares con prioridades distintas o se multiplica la actividad. En ese punto, la informalidad deja de ser agilidad y se convierte en ambigüedad.
La solución no es “reunirse más”, ni “controlar más”. La solución es construir un buen equipo con una arquitectura clara: decisores y ejecutores alineados.

1) Dos funciones distintas: decidir y ejecutar
En empresas familiares se confunden con facilidad dos planos:
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Decidir: definir prioridades, asignar recursos, establecer límites, aprobar inversiones, nombrar responsables, fijar criterios y evaluar resultados.
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Ejecutar: convertir decisiones en planes, coordinar equipos, operar, vender, producir, implementar y entregar resultados.
Ambas funciones son críticas. Pero cuando se mezclan sin claridad, aparece un patrón muy común:
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Se discute lo operativo en órganos que deberían decidir lo estratégico.
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Se decide “en pasillos” lo que debería tener criterio y acta.
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Se pide responsabilidad sin dar autoridad.
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Se evalúa por sensaciones y no por métricas.
2) El coste de no tener roles claros
Cuando no están definidos decisores y ejecutores, el coste no siempre se ve en la cuenta de resultados de inmediato. Suele manifestarse como:
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Lentitud: decisiones importantes se dilatan porque “falta alguien” o porque hay miedo a desagradar.
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Re-trabajo: se decide, se deshace, se vuelve a decidir.
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Conflicto: el desacuerdo entra por la operativa y se personaliza.
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Fuga de talento: directivos válidos se cansan de navegar ambigüedad y dobles mandos.
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Riesgo en sucesión: la siguiente generación hereda un sistema confuso, no una estructura.
En resumen: sin claridad, la empresa paga en energía, foco y reputación interna.
3) Quiénes son “decisores” en una empresa familiar
Dependiendo del tamaño y madurez, los decisores suelen repartirse entre:
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Propiedad / Junta: define grandes líneas, nombra y supervisa el órgano de gobierno, aprueba decisiones estructurales (según estatutos).
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Consejo de Administración (si existe): decide en clave de continuidad, estrategia y supervisión; evalúa al CEO/Director General y controla riesgos.
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Dirección General / Comité de Dirección: decide en el día a día estratégico-operativo (prioridades, recursos, organización, objetivos).
Lo importante no es el nombre del órgano. Es que exista un principio básico: cada decisión debe tener un “dueño” claro, un criterio y un proceso.
4) Quiénes son “ejecutores” (y por qué no basta con “gente de confianza”)
Los ejecutores son quienes convierten decisiones en resultados:
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Dirección general y su equipo,
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mandos intermedios,
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responsables de unidad,
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responsables de proyectos.
En empresa familiar, un error frecuente es pensar que ejecutar es “cumplir órdenes”. En realidad, ejecutar bien exige:
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autonomía delimitada,
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recursos,
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coordinación,
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métricas y rendición de cuentas,
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y, sobre todo, un sistema que evite el doble mando.
Cuando un directivo recibe instrucciones simultáneas de varios miembros de la familia, la ejecución se vuelve política. Y la política mata la productividad.
5) El modelo práctico: alinear autoridad, responsabilidad y métricas
Un marco muy útil para ordenar esto es exigir coherencia entre tres elementos:
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Autoridad: qué puede decidir cada rol (y qué no).
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Responsabilidad: de qué resultados responde.
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Métricas: cómo se mide y con qué cadencia.
Si falta uno de los tres, el sistema se rompe:
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Responsabilidad sin autoridad = frustración y excusas.
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Autoridad sin métricas = arbitrariedad.
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Métricas sin dueño = burocracia.
6) Herramientas concretas para ordenar decisores y ejecutores
a) Matriz de decisiones (10–15 decisiones clave) – Listad las decisiones recurrentes y estratégicas.
Por ejemplo: inversiones, contratación de directivos, endeudamiento, dividendos, entrada/salida de socios familiares, expansión, adquisiciones, cambios de estructura…
Para cada una definid: quién propone, quién aprueba, quién ejecuta, quién informa, plazos y criterios.
b) RACI por procesos críticos: Aplicad un RACI (Responsible, Accountable, Consulted, Informed) en 5–8 procesos que generan fricción: compras, ventas, finanzas, RRHH, operaciones, proyectos. Reduce conflictos y acelera.
c) Reglas anti “doble mando” – Una regla simple y potente:
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La familia no gestiona por fuera del sistema acordado.
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La dirección recibe instrucciones por canales formales, no por conversaciones paralelas.
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La discrepancia se resuelve en el órgano correspondiente, no en la operativa.
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d) Cadencia de gobierno (ritmo de reuniones) – La cadencia correcta evita “reuniones para todo” y, a la vez, reduce improvisación.
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Comité de dirección: semanal/quincenal (operativo y prioritización).
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Consejo (si existe): mensual/trimestral (supervisión, estrategia, riesgos).
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Consejo de familia / foros familiares: según necesidad (alineamiento y cultura, no operativa).
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7) La tensión habitual: familia, talento y meritocracia
Profesionalizar no significa expulsar a la familia de la empresa. Significa definir reglas claras:
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Criterios de entrada (formación/experiencia).
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Roles y evaluación (objetivos, performance, feedback).
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Retribución alineada al mercado y al rol (no al apellido).
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Separación entre “rol familiar” y “rol ejecutivo”.
Cuando estas reglas no existen, se generan comparaciones injustas y resentimiento. Cuando existen, la familia gana: se reduce el conflicto y aumenta la confianza del equipo.
8) Checklist rápido: ¿tenemos el equipo correcto?
Evalúa estas 8 preguntas:
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¿Está claro quién decide qué (y dónde)?
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¿Hay decisiones que siempre se atascan? ¿Cuáles?
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¿Hay doble mando hacia el equipo directivo?
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¿La dirección tiene autoridad real para ejecutar?
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¿Existen métricas y revisión periódica por objetivos?
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¿El consejo/propiedad supervisa sin invadir la operativa?
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¿Los familiares ejecutivos tienen objetivos y evaluación como el resto?
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¿Hay un mecanismo formal para resolver desacuerdos?
Si 3 o más respuestas son “no” o “depende”, normalmente hay margen de mejora inmediato.
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En la empresa familiar, la continuidad no depende solo de la estrategia. Depende del sistema humano que decide y ejecuta esa estrategia.
Un buen equipo no se construye con buena voluntad. Se construye con claridad: roles, autoridad, métricas y una cadencia de gobierno que evite improvisación y política interna.
En TFAB ayudamos a familias empresarias a diseñar y ordenar ese sistema: para decidir con criterio, ejecutar con consistencia y proteger lo más valioso: la continuidad.
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